Algunas advertencias finales sobre las elecciones en Bolivia
Hay dos nociones que parecen dominar el discurso de políticos y analistas, sobre todo del lado más conservador de la política, en el proceso electoral en curso. Ambas nociones son presentadas como características reales de la sociedad boliviana, en lugar de como lo que verdaderamente son, aspiraciones. Además, estas nociones no son novedosas, sino que forman parte de un discurso que incluso es inculcado en facultades (i.e. economía y ciencias políticas).
El principal problema es que, al ser aspiraciones que son tomadas como verdades, cuando los políticos que las promueven ingresen al poder -si llegan a hacerlo-, tratarán a la realidad social que, inevitablemente contradice estas nociones, como patológica y, por lo tanto, reprimible. Ésta no es una conjetura, porque ya lo hicieron antes, durante el periodo 1985-2005, por ejemplo. Por lo tanto, el hecho que ahora sean promovidas con mayor ímpetu, por políticos que son susceptibles de “ganar las elecciones”, aunque sea con porcentajes irrisorios y, por lo tanto, sin legitimidad real, es un hecho preocupante. Más preocupante aún es el hecho de que influencers y analistas, a través de cavilaciones aparentemente desinteresadas, promuevan estas nociones.
1ra NOCIÓN: LA SOCIEDAD BOLIVIANA ESTÁ, REALMENTE, CONFORMADA POR INDIVIDUOS QUE OPERAN BAJO LA “LÓGICA DEL MERCADO”
Si hay una consigna que resume las propuestas de todos los candidatos de las élites políticas rancias, que ahora se presentan como novedosos contendientes, es el eslogan de Rodrigo Paz “Capitalismo para todos”. Tanto Samuel, como Tuto, el menos avezado Manfred y Paz, coinciden plenamente en esta idea absolutamente charlatana. Con seguridad que Paz la ha retomado de las ideas infantiles de Dunn quien, al igual que el otro libertarillo carnavalesco de Saravia, ya planteaba ideas ridículas, como “capitalismo popular” o “país de propietarios”.
En efecto, el sentido común más promovido por todos estos personajes, para estas elecciones, es que todos los ciudadanos pueden ser “propietarios”, “capitalistas”, “emprendedores”, entre otros términos para referirse a lo mismo. Algunos, cínicamente, promueven sus propias “historias de éxito individual”. Todos impulsan la misma agenda. No hay contienda electoral. El problema es que esta consigna es imposible. El capitalismo es, en esencia, un sistema socioeconómico que no es para todos. Es decir, para que existan capitalistas y, por lo tanto, acumulación de capital y riqueza, tiene que necesariamente existir una inmensa cantidad de “no-capitalistas”. Millones de personas que están excluidas del proceso de acumulación y que trabajan para los capitalistas. Ésta no es una afirmación “ideológica”, es el fundamento aritmético del sistema señalado.
Es más, ni siquiera los capitalistas (aquel grupo reducido de personas que controlan los medios de producción, el capital financiero y la capacidad de acumulación del excedente) creen, en el fondo, que pueda existir un “capitalismo para todos”. La gran curiosidad de esta consigna es que, en un sentido estricto, el verdadero nombre de un “capitalismo para todos” sería “comunismo”. Pero, obviamente, ese no es el objetivo del eslogan. Si todavía no entienden el hecho sociológico, lo planteo de una manera más sencilla: para que unos puedan ser ricos y acceder a oportunidades exclusivas, por lógica matemática, tienen que existir miles de personas que son pobres y que no acceden a las mismas oportunidades. El capitalismo es, en esencia, un sistema no-democrático.
Por lo tanto, cuando personajes como Doria Medina te dicen “voy a crear 700.000 emprendimientos”, la reacción lógica y de sentido común debería ser la risa generalizada, acompañada por la sospecha porque, claramente, nos encontramos ante un potencial estafador. Pero lo mismo debería pasarnos con todas las demás propuestas de los mismos viejos rancios que nos vienen a vender puro humo. De hecho, todos ellos nos confiesan sus verdaderas intenciones: “vamos a proteger la propiedad privada (no de tu casa, tontín, sino de los grandes empresarios)”, “vamos a priorizar al agronegocio, por sobre el medio ambiente”, “vamos a reprimir a los avasalladores y los bloqueadores”. Todos, sin excepción, nos confiesan lo mismo: “vamos a trabajar, principal y/o únicamente para las clases dominantes/élites de las que formamos parte; y, al que no le guste, le daremos con garrote”.
Pero ¿Por qué, entonces, pareciera que miles se sienten seducidos por estas agendas y planes descarados? Por una cuestión que ya fue señalada por (chan chan chan) ¡Los marxistas! La falsa conciencia y la conciencia contradictoria: Los trabajadores precarizados y por cuenta propia creen que son pequeños capitalistas; los trabajadores con ingresos intermedios (que algunos sociólogos llaman “clase media”) no se consideran miembros de la clase trabajadora; los pequeños capitalistas creen que forman parte del club de los grandes capitalistas, aunque el patrón de acumulación en Bolivia los estrangula cotidianamente; y las inmensas mayorías de trabajadores y desempleados, se sienten desamparadas por la precariedad y la incertidumbre.
2da NOCIÓN: BOLIVIA CAMBIA DE CICLO Y AHORA ES EL TURNO DEL VOTO CIUDADANO INDIVIDUAL E “INFORMADO”
Otra consigna que promueven todos los viejos rancios es que los últimos 20 años de la política boliviana fueron pura dictadura autoritaria. Por lo tanto, votar por ellos sería algo así como “el retorno de la democracia”. Primero, hay que admitir que las formas abyectas de hacer política del MAS contribuyeron ampliamente a fundamentar esta noción. Ciertamente, el masismo hizo mucho por romper las bases ampliamente democráticas que hicieron posible su ascenso al poder: 1.- se dedicaron a quebrar organizaciones sociales, para imponer dirigencias afines; 2.- impulsaron la burocratización y la despolitización de las grandes organizaciones sindicales, como la COB y la CSUTCB; 3.- y convirtieron la función pública en un botín de prebendas. Entre otras cosas.
Pero, desde luego que los viejos rancios que aspiran a retomar la dirección política del país no se refieren a estas acciones contra-democráticas. Ninguno pretende renovar y recomponer el corporativismo, que hizo posible tantos procesos históricos de democratización radical en el país. Es más, son tan anacrónicos en sus prejuicios que, desde luego, ninguno incluyó a estas u otras organizaciones sociales en sus campañas y/o propuestas. Su foco es el mismo sujeto imaginario e inexistente que prefiguran los economistas liberales. En este caso, la fantasía les corresponde a los politólogos de manual: el ciudadano votante individual y “racional”.
El miembro de la organización corporativa, para ellos, es una anomalía tenebrosa; y el prospecto de la negociación colectiva es una afrenta que deberá ser aplacada violentamente. Como lo hicieron antes. Si no les convence esto que les digo, pregúntele al Doria Medina cómo reaccionó las veces que los trabajadores de Burger King intentaron sindicalizarse. Es verdad, pues, que es el mayor capitalista del país. Por lo tanto, en este caso también debería ser evidente la respuesta de ¿para quiénes va a gobernar?
Allí se encuentra la segunda gran advertencia sobre cómo gobernarían estos viejos rancios, basados en esta fantasía liberal: reprimiendo a la sociedad civil organizada. En este sentido, NO, votar por ellos no tendrá efectos “democratizantes”. Acá conviene hacer algunos apuntes críticos sobre cómo se entiende la “democracia” en el mundo del analismo político y el establishment politológico boliviano. Es decir, en términos puramente procedimentales: elecciones y acuerdos entre políticos, para garantizar “la gobernanza”. Por lo mismo, siempre que les toca comentar algún proceso electoral que se desenvuelve sin novedades, concluyen con la misma frase trillada y vacía: “fue una fiesta democrática”. Después de tantos años, no han entendido un aspecto crucial de la sociedad boliviana: la organización corporativa es un mecanismo de participación democrática fundamental.
Segundo, esta noción del retorno del ciudadano racional, individual y “democrático” también es suplementada por el viejo y trillado mantra de los politólogos sobre la importancia de una “política desideologizada, sin derecha ni izquierda” y de superar “la polarización”. Una vez más, porque en su formación desconectada de la realidad, no han entendido que NO hay acuerdos, como los que se imaginan, en sociedades partidas por clases y estamentos, solo imposiciones de los más privilegiados. El consenso democrático neoliberal siempre fue y seguirá siendo una ilusión sostenida con exceso de policía y ejército. Pero vaya, suena lindo escuchar a la tiktoker decir que ahora es momento de “pensar en un acuerdo democrático nacional”.
La noción de una política desideologizada, “sin izquierda ni derecha”, donde “fachos y zurdos, taras y karas” se hermanan para lograr un “acuerdo democrático”, es tan naif como el razonamiento que les inculcan a los economistas desde el primer semestre, sobre que “si Pedro tiene peras y Lalo manzanas, y las intercambian; posteriormente, Lalo y Pedro se inventan el dinero para corregir las inconveniencias de estas equivalencias”, así es como aparece el mercado. Ambas nociones son peligrosas, porque la realidad difiere radicalmente. Y, los conservadores la ignoran hasta que se manifiesta, entonces, la reprimen.



